En otro espléndido día primaveral, comenzamos la jornada en asfalto durante los primeros 36 km, mientras avanzamos rumbo noreste dejando la bella cordillera andina a nuestra izquierda y separándonos paulatinamente de la misma, adentrándonos nuevamente en la también linda y monótona pampa. La vista se pierde en la extensa y seca llanura castigada cada día por el dios Eolo, de repente en lo que parecía una llanura interminable aparece una grieta gigante que forma un valle por el que discurre un río que llena de vida la zona. Estas cosas te hacen sentir pequeño ante una naturaleza tan bella y caprichosa, pequeño y afortunado de contemplar tanta belleza.
Pero la monotonía y la soledad del camino vuelven, a lo lejos una figura rompe el horizonte y conforme nos acercamos, resulta ser un "loco" en bicicleta, paramos a conversar con Federico, que así se llama, tras una amena charla y cambio de impresiones, continuamos nuestro camino, seguimos adelante por la llanura, ahora sin la concentración que te exige el rípio, que ya acabó km atrás, volvemos a los gritos, cantar, ponerte de pié... cualquier cosa para no dormirnos. La carretera empezó hace algunos km a dirigirse de nuevo hacia el oeste y poco a poco, como dirian en Cuba "la cosa se pone buena" empieza la carretera a revirarse y la vegetación a cambiar, estamos entrando de nuevo en Los Andes, lagos preciosos, agua procedente del deshielo de los imponentes picos nevados que nos observan desde lejos, bosques viejos que van muriendo para con su muerte seguir alimentando a los nuevos árboles para que el ciclo de la vida continúe, y colores, mil colores, azules, verdes, amarillos, rojos...todos los colores imaginables. Así casi sin darnos cuenta cayendo la tarde llegamos a Bariloche, ¡qué decepción!, pero el camino ha merecido la pena.
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